El insurgente ahora
On 23 mayo, 2019 | 0 Comentarios

Encuentros con la lucha de los chalecos amarillos.

La idea es comprender con la ayuda de las personas que hemos invitado las condiciones de lucha que se se están experimentando en Francia. Del antes y el ahora de la experiencia insurreccional de los gilet jaunes. ¿Cómo llega esta insurrección? ¿Cuál es su presente? ¿Cómo comprenderla para ampliarla? ¿Qué efectos represivos está suponiendo?  ¿Qué estrategia policial y penal se aplica en Francia desde la revuelta de las banlieue hasta las manifestaciones de hoy? ¿Qué resistencias se producen?

Estaremos con alguno amigos del Comité Invisible, con Alessandro Stella y Jean-Marc Rouillan, y más amigos que son parte de un movimiento que no tiene lideres ni jerarquías internas, que está en la calle, que ocupa los barrios ricos de toda Francia, que es perseguido brutalmente pero se inventa nuevas formas de manifestar.

Los encuentros se darán en momentos diferentes:

Jueves 30 de mayo, en ocasión de otro aniversario más de Kaxilda, organizaremos una «cena invisible» para compartir un momento convivial de reencuentro entre amigos y amigas de Kaxilda. Tendremos el placer de compartir nuestro septimo  aniversario con quien vendrá de Francia y con muchas personas que a lo largo de estos años han hecho que Kaxilda esté viva y siga su camino.

Viernes 31 de mayo a las 17:30 celebramos en Kaxilda un encuentro sobre la situación de la lucha en Francia, con la participación de:

Julien Coupat, «persona acusada por el antiterrorismo de ser parte del Comité Invisible»,

Alessandro Stella, «viejo y joven autonomo italo-francés y Directeur de Recherche en el CNRS/EHESS de París»

Jean Marc Rouillan,  «nieto de una catalana, formado por el maquis y la FAI del exilio en Touluse. anarquista de formación, ex-pistolero de profesión y de vocación, un poco poeta…

Domingo 2 de junio estaremos en Kaxilda con nuestros huéspedes y más amigos del movimiento de los chalecos amarillos, que a lo largo de estas jornadas aprovecharan para encontrarse con varios movimientos locales.  A partir de las 11:00 estaremos desayunando en Kaxilda y ahí nos quedaremos para un día de puesta en común. Si te interesa participar envíanos un mail para preparar comida suficiente para todxs.

Enviamos a continuación un texto que nos ha hecho llegar uno de nuestros invitados como punto de partida y un dossier con textos que hemos recopilado a lo largo de estos meses.

Os esperamos.

KAXILDA

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El movimiento de los gilet jaunes: de la protesta contra las tasas sobre el carburante a la demanda de revolución

El movimiento de los gilets jaunes nace como contestación a la subida de las tasas sobre la gasolina. Una subida fuerte y programada que el gobierno francés plantea desde 2018 hasta el 2022, de manera que la gasolina y el diesel superen los 2 euros por litro. Según el gobierno de Macron la medida está pensada con finalidades ecológicas, con el objetivo de favorecer la transición energética. Pero Macron, empleando todos los medios “pedagógicos” posibles y recibiendo el apoyo de los Verdes institucionales, no ha conseguido que los contestatarios se tragasen la pastilla. Por el hecho mismo que el fraude ideológico es deslumbrante: ¿cómo puede un gobierno que continúa defendiendo y promoviendo la energía nuclear (que representa el 70% de la producción eléctrica de Francia) disfrazarse de ecologista? ¿Cómo puede intentar justificar la subida de las tasas de carburante como una medida ecológica cuando solo el 10% de las tasas sobre el carburante está destinado al desarrollo de energía no fósil?

Inicialmente este movimiento se ha visto como una rebelión anti-tasas de personas insensibles a las preocupaciones ecológicas. Los medios de comunicación, incluyendo al principio algunos medios militantes, lo presentaron como un movimiento poudjadista, apoyado por los partidos de extrema derecha y acusado de ser sexista, racista y homófono: en definitiva, destinado a morir antes de su nacimiento, ajusticiado por la infamia. Pero poco a poco las palabras de los manifestantes que conseguían cortar las calles y las autopistas, desvelaban la otra cara de la revuelta. Decían que no estaban en contra de la ecología pero que con un salario de 1200 euros al mes no podían comprarse un coche eléctrico; que las tasas sobre el carburante iban a tener un impacto devastador sobre su potencial de compra, y más para aquellas personas trabajadoras que viven en el campo y en las periferias de la grandes ciudades y que no tienen otras opciones más que usar sus coches para ir a trabajar. Decían además que Macron y su gobierno mentían, siendo que las tasas sobre los carburantes no estaban destinadas a la política ecológica, sino a llenar el agujero del budget del Estado, engendrado por el propio Macron con sus regalos millonarios a los ricos y a las grandes empresas (supresión del impuesto sobre los grandes patrimonios, reducción de las tasas patronales…). Los gilet jaunes en revuelta clamaban unánimemente que no se puede vivir con los sueldos bloqueados desde hace años y con un coste de vida en ascenso permanente; expresaban que es insoportable trabajar por un sueldo miserable que sólo permite sobrevivir y no de vivir dignamente.

Y con el pasa-palabra, mediante las iniciativas de los grupos locales, a través de las redes de afinidad de Facebook, finalmente, el movimiento de los gilet jaunes ha explosionado: 300 mil personas movilizadas en los cortes de carreteras aquel sábado 17 de noviembre, piquetes y bloques en toda Francia, manifestaciones en los Campos Elíseos de París. Un movimiento que ha sorprendido a todos y que finalmente se ha manifestado a los partidos y grupos de izquierda por lo que es: un movimiento popular que se compones de hombres, mujeres, blancos, negros, trabajadores, desempleadas, jubilados, jóvenes y mayores. Todos con un denominador común: proletarios que han tomado consciencia que su futuro no está marcado por un destino ingrato, sino que depende de decisiones concretas tomadas por el bloque burgués y aplicado por sus fieles servidores como Macron. Lo que Macron llama “clase media y trabajadora” es la clase obrera y proletaria que no puede más de machacarse para engordar a la burguesía, vivir en malas condiciones y encima ser atacada por el desprecio de los poderosos.

Este extraño movimiento auto-organizado localmente, sin líderes ni portavoces oficiales, que rechaza cualquier injerencia de todos los partidos y sindicatos, además de la délega y la representación, emerge cada vez más como un movimiento de proletarios en revuelta. Un movimiento que permite a cualquiera que participe: siendo que pueden surgir cortes de carreteras en cualquier lugar y que todos tenemos un gilet jaune. Es más, ponerse un gilet jaune significa abolir simbólicamente toda diferencia de clase, de genero, de origen, de edad: es decir claramente que todos somos iguales. Los sindicalistas que han ido a las manifestaciones con sus tradicionales gilets rojos, naranjas o fucsia, solo han dejado evidenciar que no quieren integrarse en este nuevo movimiento social, que ni tenían previsto ni han promovido.

Estas ideas y estas prácticas colectivas dirigen una crítica al corazón de la democracia representativa, se escapan a todo control y canalización institucional. Sin representantes, auto-organizados en asambleas, en los rond-points y en Facebook y Twitter. Todas las invitaciones del Gobierno, de los medios de comunicación oficiales, de tertulianos e intelectuales, a que el movimiento sucumbiera a la tentación de institucionalización, con la creación de un Partido y de una lista electoral, han naufragado rápidamente.

Observado desde el principio con desconfianza y sospecha, el movimiento de los gilets jaunes ha acabado por ser entendido por los partidos de izquierda (La France Insoumise), por los sindicados de lucha (CGT, SUD-Solidaires) y por los grupos “gauchistas” trotskistas y libertarios, que han integrado el movimiento y sus grupos locales. Como siempre en la historia, el movimiento de los gilets jaunes ha echado a andar por un pretexto (la subida del carburante) y ahora está cristalizando un conjunto de reivindicaciones y necesidades del proletariado. En los últimos treinta años en Francia, todas las luchas sociales han sido luchas de defensa de las conquistas de los años sesenta y setenta: desde hace muchos años ningún sindicado reivindicaba subidas salariales. Y de repente, desde abajo, el pueblo grita revuelta contra una vida pobre, reclama una subida significativa de los sueldos y, más en general, una redistribución de la riqueza. Hincha las pelotas a los burgueses, cómodamente asentados en las terrazas de los bares de los Campos Eliseos.

Este movimiento imprevisto ha sorprendido todos. Después de la primavera de 2016 y la “nuit débout”, después de la primavera de 2018, cuando las luchas de los “cheminots” (trabajadores del ferrocarril), de los carteros, de los estudiantes, han sido importantes pero no han conseguido confluir e implicar a las masas, nos encaminábamos hacia un otoño que parecía acabar en la noche de verdad. Y de repente llega el movimiento de los gilets jaunes, que está operando y realizando aquello que muchos compañeros habían soñado desde hace años. En particular, la confluencia de las luchas sociales, de las luchas contra las discriminaciones racistas y las luchas ecologistas. Y ha vuelto a emerger en letra grande el término de pueblo, de movimiento popular, difuso, de masa. “Las masas”, otro concepto olvidado que ha vuelto a aparecer en escena: cuando se mueven las masas, incontrolables, el Poder entra en crisis.

Desde aquel sábado 17 de noviembre 2018, durante estos meses, todos los sábados los gilet jaunes han impuesto el ritual de la manifestación. En París y en todas las grandes, medianas y pequeñas ciudades de Francia, el sábado se ha transformado en sábado de lucha. ¿Y quién lo había dicho antes? Ningún sindicalista, ningún teórico. La evidencia es que manifestarse el sábado permite participar a todo el mundo y no como ocurre con las manifestaciones entre semana organizadas por los sindicados que contemplan la huelga y que de hecho, desde hace años, es algo reservado solo a algunas categorías de trabajadores que se lo pueden permitir.

La inteligencia innovadora de los gilets jaunes se ha expresado sobre otra cuestión fundamental de la lucha: la elección de los lugares de las manifestaciones. Saliéndose del triángulo de Bastille, Nation, République, barrios antiguamente populares pero hoy día altamente gentrificados, los gilet jaunes han identificado inmediatamente aquellos barrios de París a donde había que llevar la contestación: los Campos Elíseos, el Eliseo, los barrios de los ricos y de los poderosos. Desde el ’68, de hecho, todas las manifestaciones sindicales y de izquierda estaban prohibidas en los Campos Elíseos. Las únicas que fueron autorizadas son las de los golistas en el ’68 y las de los católicos reaccionarios contra el matrimonio homosexual en el 2014.

Sin pedir la autorización a la Prefectura, los giles jaunes han invadido los Campos Eliseos. El 17 de noviembre empezó como un paseo de los excluidos de la riqueza en la plus belle avenue du monde, y el sábado siguiente se transformó en otra cosa. Una ola humana se ha adueñado de la plus belle avenue du monde, de los Campos Elíseos, montando barricadas y combatiendo durante horas a las fuerzas policiales, desde las 8 de la mañana hasta la noche del 24 de noviembre. En los sábado siguientes la guerrilla urbana se ha desplegado hacia los barrios burgueses alrededor de los Campos Elíseos: barricadas, expropios de bancos, destrucción de aseguradoras, tiendas y coches de lujo. Mientras, los burgueses que habitan los “beaux quartiers” se refugiaban en sus apartamentos o escapaban a pasar el fin de semana a la casa de campaña, una fuga similar a la de la burguesía medieval que escapaba de la peste. En aquello sábados insurreccionales, los barrios ricos parisinos tenían una aire siniestro: como de costumbre, ya terriblemente fríos e inhumanos, desprovistos de todo tipo de sociabilidad, territorios para el tránsito de coche de lujos y de raros caminantes que llevan a sus perros a pasear, aquella grandes avenidas desiertas, pobladas de manifestantes y policías, lacrimógenos, explosiones y barricadas de fuego, enviaban al mundo otra imagen de Francia.

El 10 de diciembre 2018, Macron y su gobierno reaccionaban declarando comprender las reivindicaciones de los gilet jaunes, prometiendo diez mil millones de euros de limosnas para los pobres que se manifestaban. Al mismo tiempo el gobierno francés incrementaba medidas represivas, ofreciendo carta blanca e impunidad a las fuerzas policiales para herir y detener a los manifestantes, con un balance espectacular: miles de detenidos, centenares de condenas, de heridos, mutilados que han perdido la vista, una mano, un pie… Pero, aún así, con sus regalitos navideños, sus medidas represivas, el miedo instalado en los manifestantes de acabar detenido o mutilado, el movimiento ha continuado. Eso sí, a más baja intensidad, porque una parte de los gilet jaunes, durante los primeros meses de 2019, optaron por jugar la carta del pacifismo y de declarar el recorrido y pedir la autorización de las manifestaciones. Dos meses en los que también el gobierno Macron jugaba la carta del “gran debate nacional”: una farsa y una trampa en la que afortunadamente los gilet jaunes no han caído, prefiriendo seguir discutiendo entre ellos. El gobierno francés de Macron y los medios de comunicaciones a su servicio, creían haber domado el tigre y apagado la revuelta con discursos de complacencia, limosnas y represión. Pero el pueblo francés en revuelta ha resistido.

Y por la tarde del 16 de marzo de 2019, en los Campos Elíseos ocupados por una marea humana de miles de gilet jaunes, en los que todos los bancos, todas las tiendas de lujo, hasta el famoso restaurante Fouquet’s (donde Sarkozy había celebrado su victoria en las presidenciales del 2007), todos los símbolos del capitalismo eran devastados, se oía un grito que llevábamos años sin oír: ¡Revolutión!

Alessandro Stella

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